Día 2 de diciembre concierto en el bar del Lienzo Norte: Tocata y Fuga
De mujeres y Fado
Para los aficionados al cine, quizá no les sea extraña la relación entre las grandes «popolanas» del cine italiano, Anna Magnani y Sofia Loren. ![Two Women - Mamma Roma[4]](http://www.triolocria.com/wp-content/uploads/2011/11/Two-Women-Mamma-Roma4-300x120.jpg)
Ambas muy queridas en Italia, tienen perfiles similares y quizá complementarios, pero en ningún caso iguales. El término popolana, se utilizaba en el neorrealismo italiano para designar a una mujer del pueblo... aquellas mujeres que más bien parecían mulas de carga por lo que las circunstancias vitales exigían de ellas en los duros tiempos por los que Italia atravesó a mediados del siglo pasado. En cierto modo, estas dos popolanas eran complementarias... cierto es que ambas representaban perfiles exuberantes de mujer... morenas de piel suave... vigorosas y de carácter muy fuerte... con todo, Magnani tenía un rostro no tan delicado como Loren, cosa que le confería un realismo más creíble y, a la postre, pasar a la historia por escenas como esta:
La Loren, por su parte, tuvo algo más de proyección ya que, Carlo Ponti no solo la descubrió allá por la década de los cincuenta, sino que además se convirtió en su marido. Este pequeño detalle, le granjeó a Sofia Loren una mayor proyección que a la Magnani, con quien en varias ocasiones se disputaba papeles. Tanto es así, que la que consiguió una proyección más potente en Hollywood fue Loren y no Magnani. Por si fuera poco, «Nannarella» –o sea, La Magnani– tuvo una tormentosa relación con Roberto Rossellini, quien la abandona por el bellezón nórdico Ingrid Bergman. Por tanto, La Magnani no solo tenía una belleza contundente con la que el público empatizaba al instante, sino que además fue sonadamente despechada.
Quién lea estas líneas se preguntará... ¿qué diantres tienen que ver estas famosas popolanas con el fado que da título a este artículo? Pues sencillo, el Fado acaba de ser declarado patrimonio inmaterial de la Humanidad... y en el mundo del Fado, hay dos mujeres que me recuerdan a La Magnani y Sofia Loren. Tanto es así que estoy convencido de que cualquier lector español de este post sabrá reconocer el nombre de Amalia Rodrigues, pero no el de María Teresa de Noronha.
Y la diferencia entre ambas, es tan injusta a mi modo de ver, que me recuerda a la diferencia entre las artistas italianas.
Si preguntásemos a una persona española quién es Sofia Loren, casi con total seguridad sabría decir quién es... es posible, por poco conocimiento que se tenga del país vecino –Portugal– que también supiese quién era Amalia Rodrigues. Pero si preguntamos tanto por La Magnani como por Maria Teresa de Noronha... casi nadie sabrá quiénes eran ambas. Curioso.
Y digo curioso porque en los dos casos la diferencia de difusión no me parece justa. Las dos minusvaloradas son enormes.
En el caso que me ocupa –el Fado–, quizá no sea muy ortodoxo por mi parte decir esto pero... me gusta más Maria Teresa de Noronha que Amalia Rodrigues.
Amalia Rodrigues procede de familia humilde, vendió fruta en la calle y llegó a cantar el Fado en los escenarios más importantes del mundo... cumple con el clásico paradigma de la artista que viene de abajo y progresa en la vida gracias a su arte. Por desgracia, a mi modo de ver, Amalia se convirtió con los años en una caricatura de sí misma... sobreactuaba demasiado para mi gusto. Con todo, eso no le impidió componer probablemente uno de los fados más bonitos jamás escritos junto al guitarra portuguesa Carlos Gonçalves al que tuve el gusto de conocer personalmente. Lágrima es, quizá, de las letras más bellas que se han escrito para un fado o, al menos, de los que yo conozco... que son pocos, ya que, como buena música de raíz... es necesario profundizar bastante para conocer bien el género. Pasa exactamente igual con el flamenco por ejemplo.
Amalia se convirtió en mediática... y el riesgo que conlleva el que una interpretación artística se convierta en mediática es precisamente el de diluirse como si tal cosa. Al final es más la paja que el grano. Se desvirtúa.
Maria Teresa de Noronha por el contrario, procedía de familia noble... algo extremadamente poco usual para una artista cantante, no nos engañemos. La sinceridad de su cante, sensibilidad, sutileza, veracidad... la convierte para mi en alguien especial. De hecho para mi gusto, repito, más especial que Amalia.
Sinceridad… se ve y transmite sinceridad. ¿Qué más se puede pedir a una interpretación? En términos interpretativos esta mujer no tendría nada que envidiarle a Billie Holiday por ejemplo... salvando, evidentemente, las diferencias de género musical, tiempo y espacio. Lo tiene todo, no le falta nada. De hecho, este es uno de mis fados preferidos. Quizá también O Fado das Horas, cuya letra es una perlita sin duda:
Lloraba por no verte…
Y por verte lloro ahora…
Pero lloro solo por querer,
Querer verte todo el rato,
Pasa el tiempo a la carrera,
Cuando hablas yo te escucho,
En las horas de nuestra vida,
Cada hora es un minuto…
Cuando estás a mi lado,
Me siento dueña del mundo…
Pero el tiempo es tan malvado,
Que cada hora parece un segundo.
Quédate a mi lado,
Y nunca más te vayas
Para que mi pobre corazón,
Viva en la vida una hora
En fin… desigualdades de esta índole las encontramos en todos los terrenos me temo. Una pena. Las dos mujeres son muy buenas artistas sin duda, para mi Noronha supera con creces a Amalia Rodrigues, y no me parece que el tiempo haya hecho justicia en este caso, puesto que la diferencia me sigue pareciendo sustancial. Lo mismo me sucede con Anna Magnani y Sofia Loren… nadie duda de la Loren, evidentemente… tiene momentos maravillosos en el cine italiano… pero maldita sea… la Nannarella entra en escena y se te pone el corazón en un puño… de veras te crees su interpretación. No te la crees, te la mete en vena hasta el tuétano.
Para mi Amalia no es mejor que Maria Teresa de Noronha. Pero, cierto es... para gustos los colores qué duda cabe. Allá cada cual.
Fotos del concierto en la sala Caravan
Ravel, la proporción áurea y Biutiful
Hay una pieza por la que tengo especial predilección. Forma parte del concierto para piano en sol mayor de Maurice Ravel... se trata del segundo movimiento Adagio assai en mi mayor. Es algo, al menos para mi, sublime… y me quedo corto.
Se trata de una pieza con la que siempre genero un dialogo interno de balance positivo… es una especie de aspirina psicológica que, en plena tormenta emocional, en pleno contubernio entre la baja y alta moral, en medio de esa lucha interna para equilibrar la balanza, siempre incrementa puntos en el lado de la moral alta. Sin duda. Pero además lo hace de una manera sublime, magistral, bellísima, genial. Conozco pocas cosas tan bellas y, para mi gusto, tan bien planteadas. De hecho, me gusta tanto, que en ocasiones me pongo nervioso de lo que me gusta… es como cuando alguien no puede aguantar la belleza de un cuadro de tan bello que es.
Hace años, cuando descubrí el efecto que esta pieza ejercía sobre mi estaba, en términos emocionales, en un estado deplorable. Ahogado por una serie de frustraciones vitales y por sentirme encajonado y acorralado, llegaba a casa del trabajo y me tumbaba en el sillón sin más. Anduve investigando una serie de discos que tenía guardados de música clásica entre los que se encontraba uno de Ravel. Siempre me encantó el Bolero pero, lo cierto es que Ravel es mucho más que eso, y los que no somos especialistas en la materia, los que no somos especialistas en música erudita, tenemos esa maravillosa ventaja de ir descubriendo cosas con los años que aún te mueven por dentro. Descubrir algo por primera vez siempre tiene un punto maravilloso… un punto de inocencia frente a la belleza que desencaja al menos pintado. Eso me sucedió con esta pieza.
En sentido estético, se me antoja como un diálogo melancólico con el Hombre, especialmente con el Hombre en bajón anímico. Cuando queremos hablar de igual a igual, cuando queremos que una interlocución sea efectiva y de veras cumpla su objetivo, ambos interlocutores deben ponerse al mismo nivel… es decir, no se debe hablar con un niño desde la altura física y psicológica del adulto… se debe hincar la rodilla en el suelo y hablar ojo con ojo y a su mismo nivel de niño.
Esto es lo que me parece que sintetiza esta pieza… hinca la rodilla en el suelo pero, lo hace para poder agarrarle a uno por los hombros y levantarle hacia arriba… el balance final de esta obra siempre es positivo; sí, es cierto, lo hace desde una perspectiva melancólica… pero es que eso es precisamente hincar la rodilla en el suelo, hay que ponerse al nivel del estado de ánimo carente para poder elevarlo a posteriori. Si el estado de ánimo de alguien lo comparásemos con hojarasca seca, caída de un árbol en período otoñal, esta pieza de Ravel sería una suave brisa que baja al suelo levemente, envuelve y mece los desperdigados y desorientados restos secos, los eleva con suavidad hasta la rama de la que cayeron y, milagrosamente, los intenta recolocar nuevamente en su mismo lugar. Lo consigue… no lo consigue… es irrelevante, eso ya depende de cada uno… lo verdaderamente impresionante es que lo intenta. ¿Cómo es capaz alguien de componer algo tan grande? Pues así es.
La pieza dialoga con uno mismo desde la mismísima primera nota… (aquí interpretado por Arturo Benedetti Michelangeli)
(Desde 0:03 en adelante… —siguiendo el minutaje de este vídeo—; leer despacio, acompañando la música)
La música establece un punto de situación, habla, pregunta… ¿bueno, qué pasa? certifica que efectivamente, algo pasa… y dialoga con la psique del oyente. Es un dialogo constante y profundamente emocional, casi maternal. Se pone a la altura del hipotético estado de ánimo del oyente. Lo entiende… ofrece comprensión, tan necesaria para poder salir de un estado de ánimo carente.
1:39… inicia un ascenso en el proceso de análisis hasta 2:46 tan sutil, tan imperceptible que casi pasa desapercibido… con ligeras tensiones que van constatando los altos y bajos vitales. La hojarasca está en el suelo y, sin casi ser perceptible, una suave brisa está a punto de entrar en escena…
En 3:05 entran los instrumentos… la inevitabilidad de algunos sucesos de la vida. Tensan allí… relajan aquí… Contextualizan un estado de ánimo que, a partida, se barrunta bajo.
4:06… momento de introspección, el piano entra de nuevo en dialogo, dialoga con uno mismo… en esta ocasión ya con el arropo de algunos instrumentos de fondo.
5:10… momento de tensión ascendente, una introspección más o menos obsesiva… característica de quien queda atascado en un razonamiento autodestructivo.
5:48… se incrementa esa tensión… insistencia… aquí ya no hay retorno. Este momento en la duración de la obra equivaldría a la proporción áurea (leer más abajo).
6:10… El punto anterior desemboca en tensión… casi ansiedad… la vida misma…
6:24… hasta llegar a un maravilloso clímax… sublime, magistral, impresionante… bellísimo… en este momento la Música agarra la psique suavemente, para sacarla de la tensión, de la ansiedad, del agobio vital… una cadencia suave, una melodía sencilla y al mismo tiempo bella, nada compleja —facilitando así la empatía del que escucha; no es necesario ser erudito para entender esto y disfrutarlo—… inevitable, imparable, cíclica… el viento centrifuga la hojarasca del suelo, la desubica del lúgubre lugar en el que se encuentra para elevarla anímicamente hasta la rama de la que cayó. Una genialidad. Una especie de abrazo maternal/musical, con todo el cariño de una madre por un hijo de meses, que lo protege en todo momento. La tranquilidad de un regazo, en este caso musical. Si existiese un útero musical en el que la psique se pudiese refugiar después de haber nacido y tomado conciencia de sí misma… sin duda, este sería el lugar.
8:14… las hojas se vuelven a colocar en sus ramas… quedando, milagrosamente, mejor colocadas y en mejor lugar del que estaban…
8:43… hacia el final… inexorable devenir vital… todo queda en paz. Y la vida sigue. Bella e incombustible.
Es de tal belleza que abruma, inquieta, pone nervioso lo emocionalmente inteligente y acertada que es esta pieza. ¿Cómo alguien pudo sintetizar una abstracción de pensamiento de manera tan sublime? ¡Bullseye! Al menos, esta es mi forma personal de ver esta pieza. Me ha acompañado en infinidad de ocasiones en mi vida y el balance siempre es positivo. Las personas que nos sentimos bien gracias a piezas como esta, estamos en deuda con sus autores originales ¡qué duda cabe! Han brindado belleza, paz emocional, orden en la psique al resto de los mortales… podrán ser obras que pasen desapercibidas por ahí… es posible, pero no mueren porque no pueden morir. Podrán no ser mediáticas, podrán no estar presentes hasta en la sopa como todo lo consumible de hoy día… pero tienen vida propia, no pueden morir porque aportan demasiado a las personas. Antes o después… aquí o allí… resurgen, aparecen para transmitir su síntesis vital. Hay cosas que sencillamente son genialidades incuestionables. Es una pena que no todo el mundo las disfrute y utilice para lo que fueron concebidas, para transmitir belleza a los demás, belleza ideada, concebida y diseñada por nosotros mismos, que somos capaces de lo peor… pero también de lo mejor. Son esas contradicciones las que nos caracterizan como especie… creo yo.
En cierto modo, esta pieza no deja de ser una metáfora misma de la vida… el transcurso hacia la resolución de un conflicto suele ser siempre más largo que la vuelta a la normalidad posterior. De hecho, me sorprende una coincidencia en esta pieza. Resulta que el momento de ascenso a la liberación, el momento que arriba aparece en el minuto 5:48, coincide de manera proporcional más o menos, con la división en dos de un segmento guardando la proporción áurea. Vamos, con el número áureo. Ravel tenía amistad con matemáticos de su época y, quizá, este factor no sea mera casualidad. Pero es algo que, me temo, yo no podré corroborar. Ni pretendo hacerlo.
Midiendo la duración de la pieza, en este caso 9:27, observamos que el momento de ascenso al clímax se produce en el minuto 5:48 más o menos.
La relación áurea surge de un segmento, de tal forma que al dividirlo en dos —a, b—, ambos segmentos guardan la siguiente relación: la longitud total a+b es al segmento más largo a, como a es al segmento b. O sea

a+b/a = a/b
Para sacar el valor del número áureo equivalente a la relación a/b, hacemos el siguiente cálculo sencillo que se puede encontrar en wikipedia:
Damos a b el valor 1: (a+1)/a = a
Multiplicamos ambos miembros por a: a+1=a^2
Ecuación de segundo grado. La solución positiva es:
Para calcular el momento exacto dentro de esta versión que tenemos, vamos a partir de la base de que a+b (la duración total, el segmento base) dura 9:27 minutos o, lo que es lo mismo, 567 segundos. Evidentemente, es inverosímil que Ravel calculase —en caso de que esta especulación fuese cierta— la relación áurea en base al tiempo de reproducción de la pieza. No tendría sentido. Este cálculo no es más que una especulación, una aproximación que llama la atención y hace pensar que quizá, debido a sus amistades con matemáticos, introdujo este guiño curioso a la proporción áurea. Por tanto hacer estos cálculos en base al tiempo que dura la interpretación de la obra no es más que barruntar algo de manera tosca. En caso de que el posicionamiento del ascenso al clímax tuviese relación con la proporción áurea, cabría suponer que el autor lo hubiese ubicado en la pieza de cualquier manera más ortodoxa. Repito, esta no es más que una especulación… un cálculo… a ver qué pasa.
Entonces ya sabemos el valor de la relación áurea a/b… también sabemos que a+b/a es igual a dicha relación y también, que a+b —tiempo total— es de 567 segundos. Por tanto:

Si dividimos el valor de a por 60 para calcular los minutos obtenemos 5,84… (5 minutos); multiplicamos 0,84 por 60 para calcular los segundos (50,4 segundos)… por tanto, el segmento a va del inicio hasta el momento 5:50 segundos.
Habrá que obviar las posibles imprecisiones por el uso de largas cifras decimales o por el cálculo del tiempo de manera no exacta ya que se trata de un vídeo… observamos que el ascenso al clímax se produce en esta versión en el minuto 5:48. Evidentemente no es lo mismo, pero más o menos está en el lugar correcto.
Si a dura 5:50 minutos (350 segundos), b durará entonces 3,37 minutos (217 segundos). Ya sabemos que el total a+b equivale a 9:27 minutos (567 segundos).
Pues bien, si estos datos son correctos y están bien calculados, deberían cumplir la proporción áurea.
Por tanto a+b/a = 567/350 = 1,62
Y a/b = 350/217 = 1,61290…
No obtenemos la igualdad entre ambas relaciones, ni el número áureo exacto… pero cerca anda. Teniendo en cuenta que el cálculo se realiza sobre la duración de una versión de cd colgada en la red… habría que sumarle un cierto margen de incorrección por los datos disponibles. Pero las matemáticas hablan por sí solas… y estamos hablando de una proporción, detalle que hay que tener en cuenta porque debería ajustarse más o menos a la realidad de cualquier versión —en caso de ser cierta esta relación— independientemente de la duración total de la interpretación. Es algo proporcional.
¿Posicionó Ravel ese ascenso al clímax en ese preciso punto de manera deliberada?
Pues vaya usted a saber… desde luego desconozco el dato, pero esta relación siempre me ha llamado la atención. Podría ser algo arbitrario… podría; podría ser que respondiese a algún juego con alguno de sus amigos matemáticos o, sencillamente fruto de su propia voluntad… podría. No creo mucho en casualidades en relación a estos creadores… si son capaces de hacer piezas tan bellas… no sé, tengo tendencia a pensar que nada es casualidad; no creaban estas cosas de manera arbitraria… sabían perfectamente lo que hacían y lo hacían con toda premeditación. No creo que estas piezas sean grandes por mera casualidad o arbitrariedad pero… en caso de que así fuese… ¡qué maravillosa casualidad maldita sea!
Todo este post surge a raíz de la película que vi ayer noche: Biutiful, de Alejandro González Iñárritu. Una película muy recomendable en la que el protagonista Uxbal —Javier Bardem— podría equivaler perfectamente a la hojarasca de la que hablo más arriba. Tanto, que hasta por la temática me ha recordado al cierre de nuestro disco del proyecto Triolocría, la canción Las Normas. Pero no desvelaré argumentos para no fastidiarle la película a nadie.
Lo que está claro, es que González Iñárritu debe haber visto algo similar en esta pieza a lo que expongo arriba, porque me sorprendió el acierto que tuvo al ponerla como música final acompañando los títulos de crédito (sí… esa cosa desaparecida que suele venir después de una película, pero que en España se ha decidido erradicar por completo de la emisión de cualquier televisión por mor de la publicidad. Erradicados incluso de la televisión pública, que ya no tiene publicidad —en teoría—. Sí… allí donde aparecen todas las personas que han participado en una película/proyecto y allí donde se les reconoce públicamente el mérito por su trabajo; el único punto en el que TODOS los participantes de un proyecto son reconocidos y que, curiosamente, al Ministerio de Cultura parece no importarle en absoluto… parece que el Ministerio se preocupa con arbitrariedades más concernientes a la industria y algo que es tan sencillo como la censura sistemática del reconocimiento de TODOS los participantes de TODAS las películas emitidas en TODAS las cadenas de televisión parece no tener relevancia alguna; no deja de ser curiosa la hipocresía institucional… como siempre. Nada nuevo).
Esta pieza le venía como un guante al protagonista. La vida desde luego está llena de matices… estos matices se sintetizan a través de expresiones artísticas… algunas de ellas, son tan buenas y acertadas, que ganan vida por sí mismas y sobreviven ellas solas al cabo de los años… pasando por la psique de unos y de otros. Esas son las creaciones grandes. El hecho de que González Iñárritu haya elegido esta pieza para sus créditos, no hace más que perpetuar su difusión, cosa que le dará otro empuje a través del tiempo a la obra… si quedaba en el fondo, reflota… y así sucesivamente. Pero solo reflota lo que tiene capacidad de perdurar y esta obra, sin duda, está sobradamente legitimada para ello. Son obras que, por suerte, ya están por ahí… existen… circulan por un canal, por otro… tan solo hay que parar un momento y escuchar… pero eso, en los tiempos que corren… ya es otro cantar. Allá cada cual.
PD.- Me gusta el concierto para piano en sol mayor de Ravel. Mucho. Aquí interpretado por Martha Argerich. Es verdaderamente grande... para mi gusto.
Con los niños en Radio 3
Triolocría estuvo con los niños de Como lo Oyes Infantil de Santiago Alcanda en Radio 3
Pasamos un rato impresionante con los niños en el programa de Santiago Alcanda. Ambos programas fueron emitidos el sábado 29 de octubre y el domingo 30 a las nueve de la mañana.
Programas íntegros:
Primer programa:
Segundo programa:
Extractos:
¿Qué es Triolocría?
Explicación para niños:
Paper Moon leída por niños:
Interludio infantil leído por Sofía:
La Flor en directo:
Enlace: http://www.goear.com/listen/802abd7/triolocria-la-flor-directo-radio-3-proyecto-triolocria
O Pato en directo:
Enlace: http://www.goear.com/listen/dccc87d/triolocria-o-pato-directo-radio-3-proyecto-triolocria
Sapos y Ranas en directo:
Enlace: http://www.goear.com/listen/a22677e/triolocria-sapos-y-ranas-directo-radio-3-proyecto-triolocria
Chegará del disco de Julio García:
Enlace: http://www.goear.com/listen/1315915/chegara-julio-garcia-lena-pablo-luis-asiain
Disco Chegará de Julio García en el que colaboró Luis Asiaín.
Los niños y el contestador de Como lo Oyes Infantil de Radio 3:
Niño 1:
Niño 2:

Agradecimientos:
Desde el proyecto Triolocría queremos agradecer muy sinceramente y de todo corazón a las tres personas que han hecho posible que todos nosotros podamos haber pasado por esta experiencia maravillosa:
En primer lugar a Santiago Alcanda... ir a su programa para nosotros ha supuesto una experiencia muy potente dentro de esta aventura Triolocría. Las palabras suyas nos hicieron perder las nuestras... tanto las dichas a micrófono abierto como las dichas a micrófono cerrado.
A Ana Cabanes... porque además de hacerse cargo de la coordinación con el grupo, al día siguiente se pasó por el concierto en la sala Caravan... allí estuvo con nosotros, muchísimas gracias Ana.
Y por supuesto a nuestra amiga Carmen Ros, una vez más, por estar ahí al pie del cañón y haber propiciado este maravilloso encuentro con Santiago, Ana y los niños. Muchas gracias a los todos.
Bueno... y cómo no... a los niños... por hacernos recuperar la ilusión por las cosas. Muchas veces y sin querer los adultos perdemos esa ilusión.


