Los niños y la Música

Al salir de La Casa de la Radio en Prado del Rey, des­pués de la entre­vista del otro día… Manel y yo, como de cos­tum­bre, nos pusi­mos a filo­so­far… ¡qué menos! La oca­sión lo mere­cía. Claro, habla­mos de nues­tra pri­mera vez en Radio Nacio­nal, cómo no… pero al final aca­ba­mos hablando de niños. Enton­ces me acordé de que el otro día dejé pen­diente un post acerca de la música bra­si­leña dedi­cada a los niños. Hay mucho que con­tar ahí.

¿Qué pasa con los niños?... Hacerse esa pre­gunta es injusto o, cuando menos, un error… lo correcto sería… ¿qué pasa con los adul­tos? A fin de cuen­tas, los niños no son más que el reflejo directo de los adul­tos que tie­nen a su alre­de­dor. Man­que nos pese. Por tanto, si lle­ga­mos a la tesi­tura de pre­gun­tar­nos… ¿qué pasa con los niños?, eso es que noso­tros mis­mos a priori no debe­mos estar muy bien.

Cuando era niño, recuerdo per­fec­ta­mente un sen­ti­miento y refle­xión que jamás me sacaba de la cabeza cada vez que me lle­va­ban a cual­quier casa ajena a la mía… ami­gos, fami­lia, etc… ¿Qué habrá de intere­sante para un niño en ese sitio al que me lle­van?... cual­quier cosa me ser­vía, un arma­rio colo­rido, un cua­dro, el suelo de colo­res, pega­ti­nas en las ven­ta­nas, jugue­tes de mis amigos-primos, sus cajo­nes… ¿qué ten­drían esos cajo­nes?! Menu­das bron­cas me chupé por andar hur­gando donde no debía! Lo hacía sin ánimo coti­lla, la ver­dad sea dicha… que­ría ver… qué había de intere­sante allí… nada más. ¡Coti­lla!

Otro sen­ti­miento de infan­cia muy fuerte: tenía la sen­sa­ción de que los adul­tos eran menos inte­li­gen­tes que los niños; estaba con­ven­cido de ello. Eran mucho más des­pis­ta­dos, se olvi­da­ban de las cosas, se des­pis­ta­ban, suce­dían cosas delante de ellos y no se daban cuenta… ¿pero qué les pasa?!... Pasa que están preo­cu­pa­dos… pasa que tie­nen res­pon­sa­bi­li­da­des, pasa que te tie­nen a ti y que hay que darte de comer, ves­tirte, asearte, hacerte estu­diar, ser capaz de con­tes­tar a tus pre­gun­tas de niño, que­rerte y, por el camino, inten­tar no olvi­darse de ellos mis­mos. Pasa que la socie­dad se vuelve hos­til… demanda ocu­par un lugar en tu tiempo y espa­cio… te aliena. Ser adulto es una movida. Nos pasa­mos la vida inten­tando alcan­zar esa paz de espí­ritu, esa tran­qui­li­dad, esa feli­ci­dad que alcan­za­bas haciendo la cosa más tri­vial siendo niño… unos lo con­si­guen, otros se pier­den por el camino.

Per­der el con­tacto con la infan­cia es per­der el con­tacto con tu pro­pia niñez y, por exten­sión, con­tigo mismo. Hay per­so­nas que no son capa­ces de arti­cu­lar dos pala­bras con un niño… han per­dido la cos­tum­bre! (cual­quiera sabe bien a lo que me refiero, pasa con más adul­tos de lo que parece) Pero tam­bién fue­ron niños… ¿qué pasó? Pasa que entra­mos de lleno en la mara­bunta del mundo adulto y… y ni Peter Pan nos saca de aquí. No se trata de pre­ten­der vivir eter­na­mente en la infan­cia… más bien de con­vi­vir con ella, de saber lle­varla y reci­clarla. Los niños son sor­pren­den­tes y eso, con fre­cuen­cia, se nos olvida a los adul­tos; y claro… luego nos pre­gun­ta­mos… ¿pero qué les pasa a los niños?

Ya qui­sié­ra­mos los adul­tos tener la capa­ci­dad de apren­di­zaje y asi­mi­la­ción que tiene un niño… su plas­ti­ci­dad cere­bral. Sin embargo, solo aven­ta­ja­mos a los niños en los con­te­ni­dos de nues­tro cono­ci­miento, en todo lo demás nos supe­ran con creces.

En eso… y en el con­trol de las emo­cio­nes… ellos, pobres, aún no han tenido tiempo de hacerse con ese endia­blado mundo que tanto nos ayuda y tanto nos hace sufrir en el camino a los adul­tos. Es curioso como estos peque­ños seres con una capa­ci­dad de apren­di­zaje insu­pe­ra­ble dis­fru­tan o sufren como si no hubiese un mañana. De ahí la impor­tante de sus refe­ren­tes vita­les… muchos adul­tos se olvi­dan de eso. Por eso resulta gro­tesco ver a niños enfras­ca­dos en acti­vi­da­des artís­ti­cas de alto nivel o expo­si­ción como si fue­sen monos de feria… los pobres arti­cu­lan aque­llo para lo que se les ha adies­trado —sí por­que… en ese momento su repre­sen­ta­ción es mecá­nica, aún no puede ser emo­cio­nal—. Esos des­pro­pó­si­tos que a veces se ven por el mundo son un fiel reflejo de la empa­nada men­tal de los adul­tos a su alre­de­dor… incluso de los que dis­fru­tan viendo esas extra­ñas actua­cio­nes. No se dan cuenta de que el arte o la inter­pre­ta­ción artís­tica va mucho más allá… tiene que ver con la abs­trac­ción del pen­sa­miento, con la empa­tía, con el con­trol o des­con­trol de las emo­cio­nes… emo­cio­nes menos pri­ma­rias que las infan­ti­les. Hay veces que no les dan tiempo a cre­cer… los adies­tran y suel­tan sobre un esce­na­rio como si tal cosa. ¿Pero cómo puede un niño saber lo que le pasaba por la mente a Bach, Beet­ho­ven, Hen­drix o Holi­day? Podrá eje­cu­tar… pero, mal­dita sea… ¡dad­les tiempo a sen­tir, cre­cer y apren­der! Hay que hilar fino con los niños, sin duda. Hay adul­tos que apro­ve­chan esa capa­ci­dad de apren­di­zaje que se tiene cuando se es niño para meter con cal­za­dor un apren­di­zaje que sí… será más efec­tivo ini­cián­dose en la infan­cia, pero que ini­cial­mente no pasará de mera eje­cu­ción, no inter­pre­ta­ción. Para inter­pre­tar hay que entrar ya en el mundo de la abs­trac­ción y eso, hasta la ado­les­cen­cia por lo menos, no se empieza a barruntar.

Con­viene no olvi­dar que en la infan­cia se gesta TODO el futuro de una per­sona… en ella se cons­truye la estan­te­ría men­tal en la cual se guar­da­rán los libros a lo largo de edad adulta —el cono­ci­miento, los con­te­ni­dos—… cons­truir en la infan­cia una estan­te­ría con las bal­das tor­ci­das, lo único que con­se­guirá será con­de­nar por com­pleto la capa­ci­dad de apren­di­zaje de ese indi­vi­duo para el resto de su vida… en bal­das tor­ci­das los libros entran peor, se guar­dan peor. La acu­mu­la­ción de cono­ci­mien­tos en ese caso es menos óptima. Los niños DEBEN ser lo que son… niños. Sus pro­pias inquie­tu­des irán guián­do­les tanto a ellos como a los padres. Por eso, en oca­sio­nes ver a niños peque­ños eje­cu­tar de manera ejem­plar algún ins­tru­mento, pieza u obra y com­pro­bar sus inex­pre­si­vas caras infan­ti­les de con­cen­tra­ción, da un poco de coraje. ¡Vete a jugar niño! Que es lo tuyo. ¿Nadie se da cuenta de que el niño eje­cuta pero no interio­riza la abs­trac­ción de lo que hace? Si es tan fácil como dejarle cre­cer a gusto, sin más.

Su capa­ci­dad de inven­tar, ima­gi­nar, apren­der, rete­ner, razo­nar es sor­pren­dente… muy supe­rior a la de cual­quier adulto. Care­cen, eso sí, de con­te­ni­dos aca­dé­mi­cos… ¡evi­den­te­mente!... no han tenido tiempo de acu­mu­lar­los! La vida per­mi­tirá que con el tiempo los vayan acu­mu­lando pero, para­do­jas de la vida, al mismo tiempo que van con­quis­tando ese terreno… se van ale­jando de su infan­cia, de su plas­ti­ci­dad… se van haciendo adul­tos, como el resto. Esta­mos ence­rra­dos en ese maquia­vé­lico juego: siendo niños fui­mos feli­ces —por regla gene­ral— y nos pasa­mos la vida que­riendo alcan­zar esa misma feli­ci­dad de la cual dis­fru­ta­mos… y por el camino, cuanto más cre­ce­mos, más cono­ci­miento acu­mu­la­mos, más viven­cias, más saber… y más nos ale­ja­mos de aque­llo que fui­mos. Lo que está claro es que no se trata de ser niños eter­na­mente —el deno­mi­nado sín­drome de Peter Pan–, más bien de saber inter­pre­tar la infan­cia de uno mismo, con­vi­vir con ella y adap­tarla a tu vida adulta. Esto me lleva a la siguiente pre­gunta… ¿pen­sa­mos que los niños son cor­tos?... ¿adul­tos en pequeño pero menos doc­tos?... ¿pro­yec­tos de adul­tos?... ¿qué son los niños?

Y aquí que­ría yo lle­gar. Una vez más la cul­tura musi­cal bra­si­leña es un buen ejem­plo a seguir.

Bra­sil tiene aque­llo que podría­mos deno­mi­nar un sub­gé­nero den­tro de su música muy intere­sante… música cuyo tar­get está muy difuso entre la infan­cia y la edad adulta… algo muy pecu­liar. Can­cio­nes cuya esté­tica y ade­mán es infan­til pero que, en último caso, son autén­ti­cas per­las para adul­tos… para que esos adul­tos no pier­dan el con­tacto con su pro­pia infan­cia, para que sepan ges­tio­nar esa vida adulta y no se pier­dan por el camino. Belleza pura, como can­taba Caetano.

Que­rría abor­dar una serie de ejem­plos musi­ca­les que me acom­pa­ña­ron de niño… y me acom­pa­ñan de adulto. Mi tiempo y espa­cio se ha visto tocado en infi­ni­dad de oca­sio­nes por estos sones y letras que vie­nen a continuación.

En pri­mer lugar, uno de los ejem­plos más evi­dente: O Pato, de Jayme Silva y Neuza Tei­xeira —arre­glado por João Gil­berto, e inter­pre­tado aquí junto a Cae­tano Veloso—.

 

O Pato

*.- Es un pato más pequeño.

Gran­des. Tan gran­des que no puedo comen­tar gran cosa al res­pecto. Solo decir que esto es una can­ción, a priori, hecha con esté­tica infan­til… pero es evi­dente lo difusa que queda aquí esa carac­te­rís­tica ya que la cali­dad de la com­po­si­ción, de la letra, de la inter­pre­ta­ción es de tal nivel que tras­ciende eda­des. En reali­dad es una sátira de los crí­ti­cos musi­ca­les, una sátira en la que se quiso bus­car este len­guaje pecu­liar en el terreno infan­til. Y ahí está una de las cla­ves de este sub­gé­nero, tal como se con­cibe por algún sec­tor de la Música Popu­lar Bra­si­leña… una com­po­si­ción para niños con tanto nivel… que tras­ciende eda­des… ¿acaso no es eso res­pe­tar la infan­cia más allá de lo que se acos­tum­bra? Las apti­tu­des infan­ti­les —a pesar de care­cer de con­te­ni­dos aca­dé­mi­cos— son como un músculo… tam­bién nece­si­tan ejer­ci­tarse para no anqui­lo­sarse y per­derse a lo largo de los años… la capa­ci­dad de sor­pren­derse, de ima­gi­nar, esa plas­ti­ci­dad cere­bral que nos per­mite estar abier­tos al mundo. Si, por el camino, el com­po­si­tor le suelta un guante blanco a unos supues­tos crí­ti­cos musi­ca­les… ¡que le qui­ten lo bailao!

Esa esté­tica pecu­liar, uti­li­zando ono­ma­to­pe­yas, ali­te­ra­cio­nes, y demás figu­ras lite­ra­rias no es arbi­tra­ria… se busca con toda pre­me­di­ta­ción y ale­vo­sía. El uso de ani­ma­les en este tipo de can­cio­nes tam­bién es muy fre­cuente, se uti­li­zan como un juego con los niños… un clá­sico que a nadie le resulta extraño. En este sen­tido, otro caso exce­lente para el aná­li­sis es el siguiente:El Leon­cito de Cae­tano Veloso, O Leãozinho:

 

O Leaozinho

En la sen­ci­llez radica su belleza. Ele­gante, fino, lumi­noso… el Leon­cito habla del hijo de Cae­tano, al pare­cer com­puso esta can­ción cuando su hijo aún era un niño. Can­ción bellí­sima, y no por infan­til menos bella.

Otro tema que com­parte con­di­ción con los ante­rio­res: Na Ilha de Lia, no Barco de Rosa —En la Isla de Lia, en el Barco de Rosa—, de Edu Lobo y Chico Buar­que de Holanda:

 

Na ilha de lia no barco de Rosa

Esta misma pareja tam­bién tiene otra can­ción muy intere­sante en el aspecto que se ana­liza en este artículo: Ciranda da Bai­la­rina (La Zaranda de la Bailarina),

 

Ciranda da bailarina

Todas estas letras son pre­cio­sas y bas­tante difí­ci­les de tra­du­cir, dicho sea de paso... espe­cial­mente esta última. Difí­ci­les en el sen­tido de inten­tar man­te­ner intacto el espi­rito con el que se con­ci­bie­ron... en este último caso, una can­ción diri­gida a todos los niños con difi­cul­ta­des... todos tene­mos defec­tos, no pasa nada. La carac­te­rís­tica didác­tica, como es obvio, siem­pre pre­sente en estas can­cio­nes. Aun­que en este caso más que didác­tica, per­so­nal­mente diría que se trata más bien de una ayuda emo­cio­nal psi­co­ló­gica para los niños desfavorecidos.

Un ejem­plo de Chico Buar­que de Holanda bellí­simo, Juan y María… una can­ción muy pecu­liar en la que Chico intro­duce un sen­ti­miento prác­ti­ca­mente prohi­bido en casi todo lo que se com­pone para niños: la nos­tal­gia. Un recurso que, cuando uti­li­zado pen­sando en los más peque­ños, se hace de manera pue­ril y des­vir­tuada. Este João e Maria es un ejem­plo per­fecto de cómo sal­tarse todas las reglas o esque­mas pre­con­ce­bi­dos. Una vez más, una letra muy difí­cil­mente superable.

 

Joao e Maria

Con una letra de estas, el que se des­arma es el adulto y no el niño! El niño en prin­ci­pio escu­chará una can­ción de niños, pero difí­cil­mente echará de menos su infan­cia... ¡aún está en ella!

Y cómo no… no podía fal­tar… una de las can­cio­nes infan­ti­les más bellas que jamás se hayan hecho:

 

Aquarela

Filo­so­fía pura. Refle­xión vital total, empa­que­tada y envuelta para regalo!

Aqua­rela de Toquinho. Una letra colo­rida, fresca, llena de ima­gi­na­ción… Curioso… la unión de estas carac­te­rís­ti­cas siem­pre hace ten­der hacia el mundo infan­til… des­pués del desa­rro­llo de este post, supongo que la razón es evi­dente… ellos tie­nen el fres­cor vital! Man­te­nerlo solo depende de cada indi­vi­duo, de sus cir­cuns­tan­cias y de cómo crece y enve­jece. Hay indi­vi­duos con ochenta años más jóve­nes que cha­va­les de quince… es curiosa la vida.

Con todo, tengo la sen­sa­ción de que las emo­cio­nes de los niños están rela­ti­va­mente aban­do­na­das por­que los adul­tos hemos olvi­dado aque­llo que fui­mos… niños. De alguna forma los hemos dejado solos en su des­per­tar al mundo, por­que noso­tros ya des­per­ta­mos y ahora mismo nos tie­nen dema­siado ocu­pa­dos inten­tando man­te­ner a flote el barco. ¿Qué padre puede tener malas inten­cio­nes hacia sus hijos?... cabría pre­gun­tarse no en vano… ¿recuerda el padre/madre las emo­cio­nes que expe­ri­mentó al des­per­tar a la vida, al ir des­cu­briendo cosas, la reali­dad? Cuando la socie­dad en la que vivi­mos exige tanto de noso­tros, nos cosi­fica, nos aliena… ¿no es lógico que olvi­de­mos con más faci­li­dad esas emo­cio­nes expe­ri­men­ta­das en la infancia?

No son emo­cio­nes infan­ti­les… son emo­cio­nes expe­ri­men­ta­das en perio­dos vita­les infan­ti­les. Emo­cio­nes huma­nas a fin de cuentas.

La socie­dad se vuelve caní­bal por­que noso­tros mis­mos per­mi­ti­mos que así sea. Sin embargo, estos com­po­si­to­res, estos músi­cos, estos intér­pre­tes… qui­sie­ron poner su pequeño grano de arena para inten­tar difu­mi­nar esa barrera entre el sen­tir infan­til y el adulto. El tiempo pasa, y por regla gene­ral hace callo… La habi­li­dad, la des­treza para vivir reside en cómo ges­tio­nar ese paso del tiempo. La vida a veces parece una eterna carrera hacia la feli­ci­dad, aque­lla que expe­ri­men­ta­mos siendo niños y, sin embargo, la solu­ción la tene­mos tan cerca que se hace invi­si­ble. Sí por­que… des­pués de todo… la vida es una cues­tión de acti­tud. ¿No es acaso la acti­tud la que dife­ren­cia al niño del adulto? Acti­tud ante la vida, acti­tud ante las cosas.

Los niños somos todos… con la única dife­ren­cia de que el paso del tiempo y la memo­ria van nublando algu­nas cosas. Los niños no nece­si­tan más que aten­ción… cariño… afecto, con­tacto, apren­der, des­cu­brir… pau­tas, cami­nos a seguir, hora­rios —muy impor­tan­tes al inicio, aun­que no lo parezca—. Casi nada. A cam­bio, nos apor­tan algo que olvi­da­mos… son la prueba pal­pa­ble de que sí, la feli­ci­dad existe… claro que existe… pero con el tiempo la vamos dejando en el fondo del cajón; a veces nos olvi­da­mos de dónde la guar­da­mos déca­das atrás… pero es tan real como la son­risa de ese enano con el que te has cru­zado o al que acues­tas todas las noches en su cama.

Los niños y sus cere­bros. Alta­mente cam­bian­tes… apren­diendo a velo­ci­da­des ver­ti­gi­no­sas, en oca­sio­nes —espe­cial­mente al lle­gar a la ado­les­cen­cia— la velo­ci­dad de apren­di­zaje y cre­ci­miento es tal que la revo­lu­ción hacia el mundo exte­rior se hace inevi­ta­ble… al vol­ver de esa revo­lu­ción… ¿dónde queda el niño que se fue? Cre­ce­mos olvi­dando aque­llas apti­tu­des que tenía­mos siendo niños… aque­llas acti­tu­des… aque­llas que­ren­cias infan­ti­les. Recu­pe­rar esas des­tre­zas es el camino a la feli­ci­dad. Real­mente nunca se per­die­ron, solo hay que refres­car­las. He visto a per­so­nas que han recu­pe­rado hob­bies de su infan­cia y… claro… se les ve feli­ces. A fin de cuen­tas… ¿Cuál es el sen­tido de todo esto?... ¿cuál es el sen­tido de la vida? Si a un padre le pre­gun­tan… ¿qué quiere usted para su hijo?... ¿qué con­tes­tará?... parece evi­dente: que sea feliz.

Y así nos pasa­mos la vida… bus­cando la feli­ci­dad. Lo que me sor­prende es lo desorien­ta­dos que esta­mos a veces los adul­tos en ésa bús­queda cuando, por curioso que pueda pare­cer, la solu­ción está en noso­tros mis­mos… pero no en noso­tros ahora… sino en lo que fui­mos. La clave quizá está en recor­dar aque­llo que fui­mos, que sen­ti­mos, el cómo nos diver­ti­mos aque­lla vez, aquel día, aquel beso, aquel boca­di­llo al salir del cole… no se trata de vol­ver­nos adul­tos infan­ti­les… se trata de con­ce­bir nues­tras fases vita­les como un todo indi­vi­si­ble, pero diná­mico, volu­ble, muta­ble… algo inevi­ta­ble dado el paso del tiempo y el capri­cho de las cir­cuns­tan­cias vita­les de cada quien.

Dicho esto… aten­tos a la infan­cia… en ellos está el fres­cor vital. Es un espec­táculo ser tes­tigo de un cre­ci­miento… de quién sea. El des­per­tar a la vida, el des­cu­bri­miento, las son­ri­sas incon­di­cio­na­das e incon­di­cio­na­les… la inocen­cia, la sin­ce­ri­dad de quien empieza a lidiar con las pri­me­ras emo­cio­nes pri­ma­rias. El espec­táculo emo­cio­nal humano. Es una pena que, por capri­cho de la ava­ri­cia y codi­cia humana, nos este­mos des­hu­ma­ni­zando; aque­llos que defi­ni­ti­va­mente aban­do­na­ron ese regreso al redes­cu­brirse a uno mismo… a encon­trar su raíz vital, su feli­ci­dad, su punto de par­tida… van por la vida sin empa­tía alguna, prio­ri­zando y mar­cando obje­ti­vos más allá de sus lími­tes. Ya lo decía Manuel Galán en el pro­grama En La Nube de Radio 3 al finalizar…

Voy a pen­sar en un mundo en el que la eco­no­mía esté al ser­vi­cio del ser humano y no al revés, como nos pasa ahora… donde el bene­fi­cio real gire en torno al arte, que es lo que real­mente importa (sic).

Manuel Galán dixit.

Manuel… a eso te res­pondo ¡amén!... y te diré que esos mis­mos que des­hu­ma­ni­zan el mundo, pagan lo que hacen… y no por una jus­ti­cia inma­nente reden­tora… que va! es aún peor… es su pro­pio incons­ciente el que les hace pagar. Siendo niño el papel está en blanco pero… al cre­cer, algu­nos indi­vi­duos se trans­for­man en gro­tes­cas cari­ca­tu­ras de sí mis­mos… cuando quie­ren dar por sí —quizá ante un mal palo en la vida, como tan­tos que acon­te­cen— se dan cuenta de que no se sopor­tan a sí mis­mos… de que lo tie­nen todo y no tie­nen nada. Ahí sí, la vida se vuelve plúm­bea y difí­cil de lle­var… cuando te das cuenta de que no te sopor­tas. Tene­mos esa manía de minus­va­lo­rar el período infan­til… y lo hace­mos por­que esta­mos más per­di­dos que nadie. Alie­na­dos. Cosificados.

Por tanto te doy toda la razón… el Arte es esa foto­gra­fía en el tiempo de la psi­que humana… sin Arte no nos cono­ce­mos, y si no nos cono­ce­mos… jamás nos encon­tra­re­mos… anda­re­mos per­di­dos por ahí, como esas cari­ca­tu­ras gro­tes­cas de las que hablaba.

Mal­dita sea… Esos locos baji­tos… :) será posi­ble que en ellos esté la clave de todo y noso­tros sin saberlo… (no solo de Bra­sil salen todas las per­las; aun­que en este caso el tema no cum­ple el para­digma bra­si­leño… más bien es una can­ción de adul­tos can­tando a sus enanos, está claro!)

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Esos locos bajitos

**.- Todas las can­cio­nes las he tra­du­cido yo Luis Asiaín, por tanto asumo los erro­res que pueda haber. Si alguien detecta algo que lo diga!

Con­clu­sión.- Sean feli­ces y apren­dan de los niños... no hay más que refres­car la memo­ria. Hay que res­pe­tar más la infan­cia por­que de ella se puede apren­der mucho más de lo que ima­gi­na­mos... sen­ci­lla­mente esta­mos tan ocu­pa­dos con nues­tra vida adulta que no nos damos cuenta de que las cosas ver­da­de­ra­mente impor­tan­tes... las esta­mos obviando... y a veces nece­si­tan refres­carse. Ese refresco nos da salud men­tal y des­canso, sin duda.

Los niños no son pro­pie­dad de nadie más que de sí mis­mos... ahora bien... son nues­tra res­pon­sa­bi­li­dad inalie­na­ble... ya lo decía Serrat: ... Nos empe­ñaos en diri­gir sus vidas/ sin saber de ofi­cio y sin vocación/les vamos trans­mi­tiendo nues­tras frustraciones/con la leche templada/y en cada canción.

Per­so­nal­mente, creo que hay que tener más res­peto por la infan­cia... o, si se pre­fiere, por el período infan­til. Un momento tan cru­cial en la vida del ser humano no puede ser tan minus­va­lo­rado como lo hace­mos en nues­tra cul­tura. La mayor nota de corte en las uni­ver­si­da­des debe­ría estar en las carre­ras de Magis­te­rio. Nadie valora la labor incues­tio­na­ble de los maes­tros... de ellos depende esa «estan­te­ría men­tal» de la que hablá­ba­mos... unas bal­das mal pues­tas y JAMÁS se recu­pe­ra­rán esos espa­cios... la capa­ci­dad de apren­di­zaje de ese indi­vi­duo, futuro adulto (inge­niero, arqui­tecto, abo­gada, filó­loga, barren­dero, car­ni­cera, pes­ca­dor, pro­duc­tor, músico, perio­dista), habrá que­dado com­pro­me­tida y des­ti­nada para siem­pre. Evi­den­te­mente esto es exten­si­ble a TODOS los adul­tos, inclui­dos los padres. No por ser padre se debe­ría tener carta blanca sobre el pro­pio hijo... una con­cep­ción bas­tante sim­plista y retro­grada de la pater­ni­dad ya que, en último caso, te debes a ese futuro adulto... aun­que solo sea por­que te quiere con locura. Pero claro... vivi­mos en una socie­dad en la que se da por hecho que naces sin saber con­du­cir un coche y te sacas un car­net para poder hacerlo... y al mismo tiempo se da por hecho que debes haber nacido sabiendo ser padre... ¿será eso cierto? El ins­tinto sin duda lo tene­mos... ¿nos ceñi­mos exclu­si­va­mente al ins­tinto? Malo no será pero... estando en el siglo XXI... cabría supo­ner que ya no tene­mos nece­si­dad de redu­cir­nos a lo mera­mente instintivo.

PD.- Evi­den­te­mente, todo lo refle­xio­nado en este post estaba en nues­tras men­tes al hacer el sép­timo corte de nues­tro disco... Sapos y Ranas:

¿Y qué otra cosa podría­mos tener en mente? Ani­ma­les... ono­ma­to­pe­yas, ali­te­ra­cio­nes, mora­le­jas (las dife­ren­cias entre unos y otros son supe­ra­das por las emo­cio­nes)... etc. Todo se reduce a lo mismo: más res­peto. Hay que res­pe­tar más el periodo infan­til. Los adul­tos no somos más que un desa­rro­llo que parte de ese eje ini­cial. Allá cada cual.

Entrevista en La Nube de Radio3

Para los que ten­gan inte­rés, aquí deja­mos regis­tro del paso por el pro­grama En La Nube de Radio3.

Ade­más, no que­re­mos dejar de agra­de­cer nue­va­mente a todo el equipo del pro­grama (Juan Sua­rez, Car­men Socías y com­pa­ñía —¡no dis­pongo del nom­bre de todos, sorry!—) lo bien que nos tra­ta­ron, lo sim­pá­ti­cos que fue­ron y lo bien que se curra­ron el asunto… se notaba que habían escu­chado y leído el mate­rial de Triolocría.

En un momento pensé que coin­ci­di­ría­mos en directo con Belén Gope­gui al telé­fono… pero no pudo ser. Tuve la opor­tu­ni­dad de salu­darla al ter­mi­nar su inter­ven­ción allí mismo en el telé­fono del estu­dio. Habría sido curioso coin­ci­dir en el aire… man­da­mos un saludo a Belén desde la web y reite­ra­mos: a ver si algún día somos capa­ces de subirla al esce­na­rio con noso­tros para leer el frag­mento de su libro :p… ¡a ver si coin­ci­di­mos un día Belén!

Aquí un audio edi­tado solo con la inter­ven­ción rela­tiva a Trio­lo­cría —para quien pre­fiera ir al grano—:
 

Aquí el pro­grama entero: